Adolfo Ibáñez Santa María: Herido en el ala. Estado, oligarquías y subdesarrollo.

Reseñado por Juan Ricardo Couyoumdjian

HISTORIA 38:I, junio 2005

Adolfo Ibáñez Santa María: Herido en el ala. Estado, oligarquías y subdesarrollo. Chile 1924-1960. Santiago, Editorial Biblioteca Americana, Universidad Andrés Bello, 2003, 382 págs.

Los buenos libros de historia suelen tener su origen en las inquietudes y vivencias de sus autores. El ambiente de cambio que permeaba la década de los 60 y que marcó a los jóvenes -y los no tan jóvenes- de la época, era la respuesta a lo que se sentía como el fracaso del sistema vigente. Aunque dicho ambiente no era un fenómeno únicamente chileno, la protesta contra el statu quo tenía en parte un componente local.

Había razones fundadas para el sentimiento de frustración: La tasa de crecimiento económico de Chile desde los tiempos de la Gran Depresión hasta entonces había sido inferior a la de otros países. Habíamos perdido terreno. Las quejas se manifestaban también en el plano social, político y educacional. De ahí que las promesas de cambio bajo las consignas de “Revolución en Libertad” o “Vía chilena al Socialismo”, fueran acogidas con entusiasmo por el electorado. Pero ¿cómo era el Chile que se quería cambiar y, precisando un poco más, cuáles eran los criterios subyacentes a la organización del país y de su economía? Estas son las preguntas que aquí se busca contestar.

Para encontrar la respuesta, el autor se remonta a los años en torno al Centenario de la Independencia cuya celebración se vio acompañada, sino empañada, por un concierto de críticas. Estas compartían una “percepción frustrante de nuestra realidad”, para usar las palabras del autor, y, en términos generales, postulaban una nueva modernidad a través de un fortalecimiento de la identidad nacional y del liderazgo del Estado. Estos sentimientos explican la buena acogida que tuvieron Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez, los caudillos que, cada uno a su estilo, encabezaron el consiguiente proceso de cambios.

El autor reseña brevemente la gestión pública de estos actores, para luego identificar las nuevas ideologías: el corporativismo, que no tuvo mayores manifestaciones en el plano político-constitucional, pero que se manifiesta en el reconocimiento de los intereses gremiales; el socialismo, cuya eclosión desplazó el espectro político chileno hacia la izquierda en el período estudiado, y la planificación y tecnificación como criterios de gobierno, tendencia que otorgó creciente primacía al gremio de los ingenieros.

Interesan particularmente las novedades que presenta la organización del Estado a partir de los años 20. En lo político destacan los poderes de emergencia para el control del orden interno; en lo administrativo se advierte el énfasis en el fomento de las actividades productivas conforme a criterios técnicos, lo que se evidencia en la creación de nuevos ministerios y organismos de crédito sectoriales y, por cierto, en la creación de la CORFO. El nuevo orden quedó plasmado en la reorganización de los ministerios de 1942 y tuvo su expresión física en la construcción del llamado “barrio cívico” que se completó por esos años Adolfo Ibáñez define el orden de cosas resultante como “un concierto de intereses sectoriales” en el que el Estado, dotado de amplias facultades, es el árbitro que resuelve, en último término, entre aspiraciones contrapuestas. Advierte que la burocracia estatal ocupa una posición ambigua en este esquema, tanto porque representa sus propios intereses cuanto por su heterogénea configuración política.

Como una forma de aproximarse al modo de operar de este concierto de intereses, el autor revisa la organización y funcionamiento de algunos de estos organismos de fomento sectorial. Hay una breve referencia a la Empresa de los Ferrocarriles del Estado que, anterior en su origen y sin formar parte del conjunto, tiene un carácter modélico tanto por su concentración de ingenieros como su ethos precursor, en cuanto a la completa indiferencia, y hasta diría, desdén, por su autofinanciamiento. También se aborda la Caja de Crédito Minero, la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo y el Banco del Estado. Sin embargo la mayor atención está concentrada en la Corporación de Fomento (CORFO), motor de la política industrial de la época, y en sus filiales: ENDESA, CAP y ENAP.

En general, todos estos organismos funcionaban con un criterio que el autor califica de “creacionista”, según el cual lo importante era producir, sin considerar los costos de producción ni la rentabilidad de la empresa. Por lo mismo, y al no generar utilidades, debieron depender de los aportes presupuestarios para mantener sus operaciones y cumplir su misión. Es decir, los contribuyentes subsidiaban las distintas actividades económicas conforme a las prioridades del Estado o a la capacidad de presión de los sectores respectivos. Se entiende que con estos criterios una empresa como la CAP, para tomar un caso, no podía exportar al exterior, algo que no preocupaba demasiado ya que el principio subyacente era el de la autarquía y no los de eficiencia y competitividad.

Al tratar estas instituciones, el autor da ejemplos de lo arbitrario que podían resultar las decisiones de estos organismos, que en el caso de la CORFO se manifiesta en el apoyo brindado a unas empresas en desmedro de otras, sin mayores argumentos técnicos. Del mismo modo deja entrever las pugnas sectoriales y la defensa de parcelas dentro del sector estatal. Estos planteamientos, que cuestionan la visión positiva que existe sobre dichos entes, resultan novedoso, ya que las historias institucionales respectivas tienden a aminorar, cuando no omitir, aquello que vaya en desmedro de su imagen. Estos aspectos negativos del sistema, y hay muchos otros -basta pensar en el régimen de comercio exterior- merecen ser estudiados con mayor profundidad, no obstante las dificultades para abordarlos.

El efecto de este conjunto de fuerzas, señala Adolfo Ibáñez, es una apariencia de consenso entre los actores influyentes. Sin embargo, advierte que detrás de este concierto de intereses hay una pugna sectorial, con beneficios para aquellos que tienen influencia política y con la marginalización de aquellos que no la tienen. Me parecen muy reveladores sus comentarios a propósito de los diferentes logros en materia de beneficios provisionales conforme a la capacidad de presión de cada grupo.

Entre los sectores postergados por las características del sistema, menciona el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas. El primero resulta desplazado por la extensión de los poderes administrativos del Estado, entiéndase el Poder Ejecutivo, mientras que estas últimas, al mantenerse al margen de la política contingente, carecen de medios de presión. Habría sido interesante conocer la opinión del autor acerca de la tesis de los “choques entre sectores” planteada por Markos Mamalakis, según la cual el mayor conflicto no se plantea entre los empresarios y los trabajadores sino entre los diferentes sectores de la economía. En los sectores favorecidos, como sucede con la industria, prosperan unos y otros, mientras que en los sectores postergados, como era el caso entonces de la agricultura, tanto los propietarios como los trabajadores rurales se empobrecen respecto al resto del país.

En la última parte de la obra el autor entrega lo que llama “un mosaico de noticias acerca del país” a mediados del siglo. Unas veces se trata de breves panoramas generales, como lo hace por ejemplo, con la distribución de la población, el desarrollo de las letras y de las artes, el sindicalismo y el sistema de partidos. Otras veces son viñetas monográficas, algunas de las cuales resultan muy esclarecedoras, por más que solo representen fragmentos de una realidad mucho mayor. Es el caso de aquella sobre Santiago y sus barrios sin otra unidad que los recorridos de micros que los comunican; sobre el pensamiento de Mario Góngora como representante de la historiografía tradicionalista, y la relativa al Colegio de Abogados como modelo de organización gremial con reconocimiento e injerencia del Estado.

Los resultados económicos del país bajo el régimen de “concierto de intereses sectoriales” no pueden ser más deprimentes. Los testimonios de los economistas de la época que aquí se reproducen, y que están avalados por los estudios posteriores de Rolf Lüders y otros, no hacen sino poner en números y palabras los motivos del descontento general con la clase política. El amplio triunfo de Carlos Ibáñez en 1952 y la victoria estrecha de Jorge Alessandri en 1958 fueron, precisamente, una manifestación de la voluntad del electorado tener un presidente independiente. El autor observa con agudeza que fue justamente durante la década del 50 que la expresión “subdesarrollo” difundida por los economistas de la CEPAL cobra difusión y aceptación. Chile, concluye, “era un país herido en el ala”. Peor aún, la “modalidad subdesarrollada nos llevó a eludir el reconocimiento de nuestra falta de ganas de ser más, asumiendo la disciplina que ello exige… Por aquí aceptamos que el país estaba estructuralmente fallado, y que frente a ello no cabía más que transformar las estructuras”. Eso fue lo que propusieron entonces la Democracia Cristiana y la izquierda marxista.

Volviendo a lo señalado al comienzo, este libro es el resultado de las inquietudes personales del autor respecto de una época que llegaba a su ocaso. No obstante la variedad de temas abordados, no constituye una historia general de Chile en el período, sino más bien una explicación esclarecedora del sistema político económico imperante: su origen, su funcionamiento y su fracaso.

El énfasis en algunas materias y la omisión o tratamiento somero de otras concuerda de alguna manera con la temática de las investigaciones de Adolfo Ibáñez a lo largo de los años, lo que, de paso, nos dice que estamos ante una obra largamente meditada. Refuerza esta idea el hecho que el autor haya recurrido al formato de ensayo, sin las limitaciones que impone un aparato crítico, aunque el texto reproduce documentos debidamente identificados e incluye una bibliografía con los trabajos utilizados y una lista de fuentes iconográficas

Es preciso hacer mención de esta última, porque el autor ha dado importancia a las ilustraciones en la obra y comenta la dificultad que tuvo para obtener fotografías de algunos personajes, obras y situaciones. El resultado de su esfuerzo es más que satisfactorio, sin perjuicio de la repetición de algunas imágenes como las de Guillermo del Pedregal (pp. 141 y 221) y de Reinaldo Harnecker (pp. 195 y 221).

Este libro es el primero de una trilogía; la misma editorial ya ha publicado un segundo Abrazado por la Revolución, que cubre el período 1960-1973, y se promete un tercero relativo a generación que precede a la aquí estudiada. La obra comentada es, empero, autónoma en sí misma, de lectura fácil y cumple ampliamente con los propósitos del autor.

JUAN RICARDO COUYOUMDJIAN
Pontificia Universidad Católica de Chile