Juan Ignacio González Errázuriz: El Arzobispo del Centenario.

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HISTORIA 38:I, junio 2005, 190-194

Juan Ignacio González Errázuriz: El Arzobispo del Centenario. Juan Ignacio González Eyzaguirre, Centro de Estudios Bicentenario, Santiago, 2003; y Pilar Hevia Fabres, El Rector de los Milagros. Don Carlos Casanueva Opazo 1874/1957, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2004.

Estas biografías tienen varios elementos en común, partiendo por el hecho de referirse a dos miembros del alto clero de la primera mitad del siglo XX. En efecto, ellas tratan de dos personalidades de la Iglesia chilena, que tuvieron un papel muy significativo en los cargos que les tocó desempeñar y, no obstante la diferencia de edad, fueron contemporáneos, se conocieron y alcanzaron a tener una relación de clérigo a obispo, es decir, un vínculo de dependencia jurisdiccional y de gobierno del primero con respecto del segundo. Ambos pertenecían a familias de la elite social del país y en el seno de ellas recibieron desde muy niños una sólida formación católica que los marcó por el resto de sus vidas. Otro aspecto que les une es el paso por la ciudad de Valparaíso. Carlos Casanueva nació y vivió en ella hasta los siete años. Allí fue bautizado por el cura de “Los Doce Apóstoles”, Mariano Casanova, futuro arzobispo de Santiago. Pues bien, Juan Ignacio González fue estrecho colaborador de don Mariano cuando estuvo a cargo de la gobernación eclesiástica de Valparaíso, y también se desempeñó como párroco de “Los Doce Apóstoles”.

Las coincidencias entre ambos eclesiásticos resultan numerosas, pues a las ya señaladas pueden agregarse varias más, como, por ejemplo, el significado que tuvo para ellos el seminario de Santiago y de manera más amplia la formación de los seminaristas y futuros sacerdotes. Monseñor González Eyzaguirre cursó allí la enseñanza media y los estudios propiamente eclesiásticos; además, después de haber tenido a su cargo la fundación y primera etapa del seminario de San Rafael de Valparaíso, fue profesor en el Pontificio de Santiago en los ramos de Castellano, Latín e Historia Sagrada, para culminar en el cargo de Ministro de dicho instituto. Por su parte, Monseñor Casanueva Opazo ingresó al seminario de Santiago después de haberse titulado de abogado y ejercido la profesión por un corto tiempo. Una vez ordenado sacerdote llegará a ser director espiritual en ese seminario, desempeñando esa labor entre 1910 y 1919.

La actividad periodística fue otro ámbito en el que coincidieron. Don Juan Ignacio González, siendo párroco de “Los Doce Apóstoles”, fundó en 1885, junto a un grupo de laicos, el diario La Unión de Valparaíso. Esta iniciativa respondía a un momento de gran tensión entre la Iglesia y el Estado que se manifestaba en la expulsión de Monseñor del Frate y la promulgación de las leyes laicas. Además, participó en la fundación de El Diario Ilustrado de Santiago y fundó El Diario Austral de Temuco y La Aurora de Valdivia. El cura, y después arzobispo, González Eyzaguirre, convencido de la importancia de la prensa católica, no solo contribuyó con aportes económicos a su establecimiento, sino que además fue un colaborador frecuente en sus páginas, “con artículos que llamaban la atención por su oportunidad, por su forma y su fondo”, según recordaba La Revista Católica. Don Carlos Casanueva, a su vez, también desarrollará una activa labor periodística en defensa de los valores católicos, la que inició en 1902 a instancias del futuro arzobispo de Santiago, Juan Ignacio González, que le encargó la fundación, dirección y financiamiento del Diario Popular de Santiago. La idea era contrarrestar desde la óptica católica la difusión de las ideas materialistas entre los obreros que efectuaba la prensa socialista y anarquista. En 1906 el presbítero González Eyzaguirre le confió la dirección de su obra periodística más estimada: La Unión de Valparaíso. Y no solo se encargará de su administración, sino que será una de sus plumas más activas y combativas. Bajo el seudónimo de Kar adquirirá notoriedad con su periodismo agudo, que, al decir del padre Francisco Vives, su colaborador de esos años, “nada que no fuera la defensa de la verdad y la defensa de la doctrina católica en aquella época de sectarismo laico, pasó inadvertido para la pluma del joven Carlos”.

Estos dos libros que reseñamos, desde perspectivas y presentaciones formales diferentes, nos muestran la notable labor que desarrollaron estas figuras de la Iglesia chilena del siglo XX al frente de las instituciones que les tocó gobernar. Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz, actual obispo de San Bernardo, es el autor de la biografía de su antepasado, el arzobispo de Santiago, de homónimo nombre. El autor, desde hace ya algunos años venía dedicándose al cultivo de la historia; fruto de ello había sido la publicación del libro El Vicariato Castrense de Chile, Génesis histórica y canónica. De la Independencia de Chile al conflicto eclesiástico de Tacna (1810-1915), con el cual se había incorporado a una fecunda tradición historiográfica en el campo de la historia de la Iglesia chilena cultivada por eclesiásticos y por algunos insignes prelados. En esta oportunidad, Monseñor González Erráruriz nos presenta una biografía en que se describe con abundante detalle el gobierno episcopal del arzobispo González Eyzaguirre, que lo ejerció entre 1908 y 1918. Sobre la base de fuentes directas obtenidas fundamentalmente en el Archivo del Arzobispado de Santiago y en el Archivo Secreto del Vaticano, el autor reconstruye las circunstancias que rodearon el nombramiento de González Eyzaguirre, primero como vicario capitular y luego como arzobispo; con minuciosidad también describe las complejas relaciones que tuvo con el internuncio de su Santidad, monseñor Enrico Sibilia; resalta como una de las preocupaciones centrales de su pontificado la formación y situación material y espiritual del clero, junto al fomento de las vocaciones; se refiere asimismo a la organización del trabajo pastoral y al estímulo y progreso de determinadas devociones y, de manera especial, enfatiza la obra que progeso el arzobispo en relación con los sectores más desposeídos de la sociedad, la cual alcanzó tal dimensión que será el aspecto que más marcará el carácter de su gobierno. A través de este libro podemos apreciar muchos de los avatares de la Iglesia en su funcionamiento interno y en sus complejas relaciones con el poder temporal. Interesante habría sido poder contar con más información sobre la niñez y juventud del arzobispo, para poder apreciar mejor los factores que incidieron en su vocación, en su formación intelectual y en la configuración de su personalidad.

La señora Pilar Hevia Fabres, licenciada en Historia por la Pontificia Universidad Católica, es la autora de la biografía de Monseñor Carlos Casanueva. El desafío que tenía por delante no era fácil, pues debía tratar de conciliar una investigación histórica sobre fuentes primarias y con rigor metodológico, con una exposición de los resultados que resultara de fácil lectura, que pudiera llegar a un público amplio y no especializado en la disciplina. Ese objetivo en gran medida se logró, pues la obra se deja leer, no está recargada de erudición, pero, al mismo tiempo, refleja la importante revisión de fuentes documentales que se hizo, comenzando por el archivo de la propia Universidad y continuando con la prensa periódica y las revistas académicas, a lo que se agrega la utilización de las fuentes orales, tan convenientes para trabajar temas de historia contemporánea.

La autora nos informa sobre los años de estudiante del joven Casanueva, cuyo paso por el colegio San Ignacio le generó un vínculo espiritual con los jesuitas, que perdurará por el resto de sus días; también aporta algunas referencias sobre sus estudios universitarios y primeros años de ejercicio profesional como abogado, en los que se debate entre sus dudas vocacionales y su permanencia en el “mundo”. Interesantes páginas nos entrega sobre la vida de la familia Casanueva Opazo, de las relaciones con sus hermanas, hermano y cuñados. Buena parte de un capítulo dedica a los maestros que más influyeron en su formación: el padre jesuita Francisco Ginebra, en el ámbito espiritual, y Francisco de Borja Echeverría, en lo referente al catolicismo social. Interesantes y novedosas resultan las páginas dedicadas al Patronato de Santa Filomena, en cuya fundación participó y a la que se vinculó por muchos años transformándolo en el centro de sus preocupaciones, haciendo de ese modo realidad su compromiso con la doctrina social de la Iglesia. Como le hemos adelantado, también trata de la labor que don Carlos Casanueva desarrolló en el campo periodístico, aunque lógicamente el grueso del libro está dedicado a su gestión como Rector de la Universidad Católica. De la lectura de los capítulos correspondientes queda en evidencia el notable esfuerzo que realizó en el desempeño de ese cargo, al punto de recibir una institución muy pequeña, con serias dificultades de funcionamiento y terminar su rectorado con una Universidad prestigiosa, reconocida ampliamente por la comunidad nacional, con un desarrollo significativo en cuanto al número de alumnos y carreras. Ese salto cuantitativo y cualitativo que experimentó la Universidad se debió en gran medida a su trabajo entusiasta, generoso, creativo y bastante autoritario, pero eficaz. Posiblemente, en aras de un texto no muy extenso, hubo aspectos o temas que pudieron desarrollarse un poco más y poder así tener una más completa visión de ellos, como acontece con la Universidad en la década de 1940, de la que solo hay algunas pinceladas. También podría haberse ajustado un poco mejor la estructura del libro, pero esto y lo anterior son cuestiones que no opacan el resultado global, que le permite al lector conocer las peculiaridades de la personalidad de monseñor y la magnitud de la labor que realizó sobre todo al frente de la Universidad.

Iniciamos esta reseña destacando aquellos aspectos que ambos eclesiásticos tenían en común. Retomando ese punto, es necesario destacar que los libros no se quedan en la descripción de la trayectoria de estos sacerdotes, sino que a partir de las alternativas de sus vidas nos entregan información sobre el contexto de la época en que actúan. Al respecto es del mayor interés apreciar, ya sea por referencias directas al acontecer nacional o por menciones indirectas o derivaciones, ciertos aspectos de la situación de la Iglesia chilena en la primera mitad del siglo XX. En ese sentido, estos libros pueden ser considerados más que meras biografías; son obras, hasta cierto punto, de historia eclesiástica. Gracias a ellos podemos conocer cuestiones relacionadas con el gobierno de la Iglesia, con las relaciones Iglesia-Estado, con la aplicación efectiva de la doctrina social, y con las estrategias que aplicó la Iglesia chilena para enfrentar o contrarrestar en las diferentes épocas los problemas y amenazas que afectaban al catolicismo y a la Iglesia. Tanto a monseñor González Eyzaguirre como a monseñor Casanueva Opazo les tocó vivir períodos muy difíciles para la Iglesia, por que coincidieron con momentos de gran efervescencia en el país desde el punto de vista de las ideologías y de la situación económica social. Ambos eclesiásticos respondieron personal e institucionalmente a los desafíos que las circunstancias les imponían y lo hicieron de acuerdo a los principios tradicionales en el caso de la pobreza, es decir, mediante el ejercicio de la caridad; pero además también estuvieron abiertos a llevar adelante iniciativas que implicaban nuevos métodos e instrumentos que provenían o se inspiraban en el catolicismo social de raíz europea. Ante la difícil situación social que se vivía como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, el arzobispo González Eyzaguirre redobló sus esfuerzos a favor de los desamparados; organizó ollas del pobre, hizo llamados a la caridad del clero y de los laicos. Murió en 1918 recomendando a los eclesiásticos a que trabajaran “en la conservación y crecimiento de todas las obras que favorecen a los pobres”. Monseñor Casanueva, en la etapa final de su vida, bastante mayor ya, no fue capaz de adaptarse a los cambios que la modernidad de la década de 1950 provocaba al interior de la Universidad. El quiso seguir dirigiéndola como lo había hecho siempre, de manera personalista y autoritaria. Pero, esa forma de gobierno, a esas alturas, no era posible.

No obstante la labor más o menos exitosa que los biografiados desarrollaron en el ejercicio de los cargos que les tocó asumir, lo que más resalta en ambos casos es el compromiso con su condición sacerdotal. Los cargos fueron responsabilidades y obligaciones que asumieron solo por obediencia y disciplina eclesiástica. Sus nombramientos los recibieron con agobio y, directa o indirectamente, queda en evidencia que lo que más los motivaba era el servicio pastoral de los fieles y la contribución que pudieran hacer a la existencia de un clero numeroso e idóneo.

En suma, ambos libros, con sus virtudes, limitaciones y particularidades, reconstruyen de manera apropiada las vidas de estos destacados eclesiásticos. El lector no solo se forma una idea acerca de la trayectoria de ellos y de la labor que realizaron, sino que también puede apreciar aspectos interesantes acerca de la historia de la Iglesia chilena, sobre todo los relacionados con las percepciones que algunas de sus autoridades tenían respecto de los desafíos que se le presentaban y de las respuestas que ofrecían.

RENÉ MILLAR CARVACHO
Pontificia Universidad Católica de Chile