Iván Jaksic: Andrés Bello, la pasión por el orden

Reseñado por Cristián Gazmuri

HISTORIA Nº35, Santiago 2002

Iván Jaksic: Andrés Bello, la pasión por el orden. Santiago, Editorial Universitaria, 2001, 323 págs.

Audaz desafío el que aceptó este académico chileno radicado en EE. UU. ¿Se puede decir algo más sobre Andrés Bello? Hasta hace algunos meses me habría inclinado por ponerlo en duda. Existe la biografía de Miguel Luis Amunátegui: Vida de don Andrés Bello, una de las buenas que ha producido la historiografía chilena, un clásico. El ex Presidente de la República venezolana Rafael Caldera escribió otra buena biografía de Bello en 1935 y hay otras también de calidad, solo marginalmente inferiores a las recién mencionadas: la de Eugenio Orrego Vicuña: Don Andrés Bello; la de Pedro Lira Urquieta: Andrés Bello; la de Fernando Murillo: Andrés Bello, historia de una vida y una obra; y otra, más reciente, de Luis Bocaz: Andres Bello, una biografía cultural (en verdad mejor en la forma que en fondo) y aun otras menores. Sobre aspectos parciales de la obra de Bello se han escrito bibliotecas. Hay personas que han dedicado su vida a estudiar a Bello; el más relevante, a mi juicio, anciano, pero en buena salud, según me han dicho, Pedro Grases, español radicado en Venezuela, una verdadera enciclopedia viviente sobre el tema. En fin, son pocos los cultivadores de la historia intelectual en Chile, Venezuela o incluso América hispana, que alguna vez no hayan escrito algo sobre Bello o su obra. ¿Se puede decir más?

Iván Jaksic prueba que sí. El libro, que es una traducción más o menos libre, hecha por el propio autor, de otra biografía sobre Bello que publicara en los EE. UU. recientemente, agrega nuevo conocimiento sobre aspectos de la vida de Bello. También aporta más evidencia relativa a información que ya se tenía, parcial o fragmentaria, en particular por lo que dice relación con algunos aspectos de la vida de Bello en Londres; época sobre la cual Amunátegui tenía solo las referencias que había recogido del propio Bello y que desmerece ante el resto de su libro. Jaksic, en tanto, viajó a Gran Bretaña varias veces; se dio el tiempo para averiguar –por métodos difíciles y lentos– dónde había vivido, cuáles eran las relaciones sociales, políticas e intelectuales en orden de importancia de don Andrés y una variedad de información diversa sobre lo que fue su “vida privada” allá; encontrando papeles desconocidos del o acerca del sabio, en lugares insospechados. Y mucho material que no encontró en el Reino Unido, a veces lo vino a descubrir en Estados Unidos, en Venezuela y en Chile, incluso sobre el período londinense propiamente tal.

Sobre el joven Bello venezolano, más allá de lo dicho por los biógrafos chilenos, no mucho a decir verdad, habían escrito mayormente sus compatriotas y el mencionado erudito Pedro Grases. Pero Jaksic sistematiza, ordena y desmitifica. Aun sobre Bello en Chile, sobre el que se había investigado –parecía– hasta lo más mínimo, el libro hace aportes.

Pero aparte de la nueva información, ¿qué nos trae el libro en materia de análisis e interpretación? El autor dice en el prólogo que pretendió tres objetivos. En primer lugar: “identificar nueva información sobre Bello, como también identificar fuentes manuscritas de y sobre Bello”, en bibliotecas de diversos países. Objetivo sin duda logrado plenamente, como recién se afirmó.

En segundo lugar: “enfatizar las dimensiones personales de la biografía de Bello. El colapso del orden colonial, el rompimiento involuntario de lazos con familiares y amigos de Venezuela, la experiencia del exilio por casi veinte años (muchos más, diría yo, si tomamos en cuenta de que en Chile también Bello era, en buena medida, un exiliado), y las incertidumbres del proceso de independencia, todo ello contribuyó a formar una personalidad bastante más compleja y ambivalente de lo que han mostrado las biografías más apologéticas de su persona”.

Este segundo objetivo, complejo y muy ambicioso, también puede considerarse logrado. Creo, sin embargo, que el autor –quien bien conoce la angustia del exiliado– situación que no ha de haber sido muy diferente a comienzos del siglo XIX que a fines del XX: siempre temeroso e inseguro, desarraigado, precario; pudo decir más. Además, ¿cuánto influyó esto en el hecho que Bello encontrara un verdadero refugio en la actividad intelectual absorbente? Creo que bastante. Iván Jaksic lo dice, pero quizá también se podría haber abundado mayormente al respecto, aun cuando se cayera en la especulación, cosa que Jaksic jamás hace y esto –aunque desde otro punto de vista– quizá sea bueno historiográficamente.

Que el pensamiento ambivalente de Bello sobre la independencia de América hispana, sobre el sistema republicano mismo, al menos como el más adecuado en las nuevas naciones y su “pasión por el orden”, surgieran de su visión del panorama de anarquía y desgobierno que estas mostraron durante las primeras décadas de su vida como estados nacionales, es sin duda uno de los aportes más interesantes del libro. No es que eso no se hubiera dicho antes; pero jamás en un alegato tan profundo y convincente. Quizá lo único que cabría agregar al respecto es que posiblemente la personalidad misma de Bello, una vez desvanecidos los primeros ardores juveniles y románticos, vino también en ayuda de esa tendencia conservadora y desconfiada de las ideas políticas liberales y modernas, las que sin embargo, admiraba intelectualmente.

El tercer objetivo está estrechamente ligado al segundo: “delinear el papel central que jugó Bello (y otros intelectuales hispanoamericanos de la época) en el proceso de construcción de las naciones (latinoamericanas, se entiende)” (pág. 21) y, en definitiva en: “identificar modelos políticos viables” (pág. 22).

Sea o no tan importante la influencia de Andrés Bello en la formación de “modelos políticos viables” para América hispana, el punto lleva a analizar la estatura intelectual (y moral) de Bello como pensador político. En el libro queda bien esbozada. Bello fue un hombre de cultura muy amplia, quien, después de sus dudas promonárquicas, que parecen haber nacido en Londres ante el espectáculo de la anarquía americana, pero haberse desvanecido ya en la época en que llegó a Chile o poco después, fue intelectualmente un liberal político; pero un liberal todavía aterrorizado frente a lo que vio y veía todavía en su América cuando ese liberalismo se trataba de concretar en “modelos políticos viables”. Así, se refugió en el orden autoritario, posiblemente en espera que una decantación social y cultural hiciera posible un tránsito tranquilo y “ordenado” hacia las fórmulas liberales. Iván Jaksic hace ver bien esto. Sin embargo –pensamos–, podría haber matizado más la actitud de Bello en relación a este problema. Enfatizar que para el sabio venezolano-chileno, su postura conservadora, no derivaba del ámbito intelectual, sino que era algo transitorio y de orden práctico.

Al contrario de algunos grandes del pensamiento europeo de la época, ya intelectualmente inseguros de las ideas políticas encarnadas históricamente en la institucionalidad y sociedad burguesa y liberal existentes en el viejo continente, ya cerca de mediados del siglo XIX, Bello no dudaba de ellas. Me refiero a los socialistas utópicos (incluyendo a Marx, por cierto, que ha venido a resultar tan utópico como los que él lapidaba con ese epíteto) a los que Bello no dedicó casi palabra ni demostró respeto intelectual, y –en el otro extremo– a los pensadores conservadores, ya sea de la línea pragmático-prescriptiva de Burke y sus discípulos alemanes o el de los franceses dogmáticos de la línea de de Maistre y Bonald, padres del integrismo monárquico, que renacería en la Francia de la primera mitad del siglo XX, y que según Jaksic Bello rechazaba explícitamente (pág. 154). Todos ellos estaban escribiendo (o al menos eran plenamente vigentes) por lo años en que Bello se formaba y producía y sin duda un hombre de sus lecturas tiene que haber tenido noticia informada de ellos. Es cierto que es posible que los conservadores de la línea de Burke quizá influyeran sobre su pensamiento durante los años londinenses, pero a la larga no lo llevaron a dudar intelectual y seriamente de su liberalismo teórico. Fue lo que vio en América lo que lo asustó.

El Bello de la época chilena ya parece completamente seguro de que tiene la receta política para las naciones de nuestro continente: en el presente, un orden autoritario de facto, temperándose cada vez más, en espera de la transición al liberalismo moderado e impersonal en un futuro a determinarse.

Iván Jaksic, desde el presente, tiene de sobra el nivel para darse cuenta del peligro que significa el exceso de confianza en una fórmula política, la que, además, en este caso, parecía inaplicable en la práctica; y que este era un defecto del Bello intelectual (como de casi todos en su época, es cierto). Lo hace ver (págs. 154 y 263, su síntesis final), pero lo dice tan indirectamente, tan apabullado por el “Bello estatua”, que la reflexión crítica casi pasa inadvertida. Aminora la cuestión enfatizando que a Bello no le interesaba mayormente la “política cotidiana”, frase que se puede considerar casi contradictoria con la intención de incluirlo entre los intelectuales de nuestro continente que lucharon por “identificar modelos políticos viables”, lo que califica como “el tercer objetivo de su libro”… difícil arte el de la biografía. Pero que el problema queda planteado no hay duda y ahora solo queda el profundizar en él. El mismo Iván Jaksic parece la persona más indicada para hacerlo.

Sin embargo, el libro merece ser comentado aun por otros rasgos, todos positivos. Se trata de una estupenda investigación y una síntesis notable y nada fácil de hacer, porque –de más está decirlo– los temas que preocuparon a Bello fueron muchos y todos, o casi todos, los conoció en toda su profundidad, lo que ciertamente obligó al biógrafo a aproximarse al mismo desiderátum. Pero Jaksic muestra una enorme erudición y está a la altura de la tarea. Se enfrenta a la poesía medieval, al derecho, a la filología, a las políticas y tendencias educacionales de la época, a la teoría historiográfica y, a mi modo de ver, de todas estas pruebas sale airoso, explicando claramente y con buen sentido muchas difíciles cuestiones. Que hubo de leer mucho para conseguir este resultado es evidente.

Con todo, de nuevo, quiero agregar que Iván Jaksic debió dejar en claro que la Filosofia del entendimiento está casi por completo superada, que la Gramática de la lengua castellana (aunque monumental) sobrevive solo de manera muy parcial. Ambas obras tiene valor principalmente histórico. En fin creo que lo que mejor está vigente de toda la obra de Bello es el Código Civil chileno, lo que no es una hazaña menor, después de 150 años. Jaksic así lo da entender por lo demás.

Está el libro de Jaksic, además, muy bien escrito. Y, en materia de fondo, incluso en los que hemos hecho notar que podrían ser sus defectos, ausencias o exageraciones, está ciertamente mucho más matizado y redactado en un lenguaje muy cuidadoso. Nada tiene de lo ampuloso de otros de los biógrafos o estudiosos anteriores en los cuales el adjetivo llega a ocultar el contenido. La biografía de Bello de Iván Jaksic está muy lejos de ser una apología cerrada y menos una sacralización de Bello como tantos –quizá la mayoría– de los libros que sobre él se han escrito; solo que podría haber sido (en un par de cuestiones) más crítica.

Otra observación. Siguiendo la tradición del “bellismo”, este es un libro serio, terriblemente serio. ¿Es que Bello está condenado a la seriedad de los estudiosos?, o es posible encontrar a un Bello más humano, no el prócer lejano e intocable (“Mi abuelo de piedra”, como decía Joaquín Edwards Bello). Iván Jaksic, si bien puede ser terriblemente serio cuanto se le tocan algunos temas y problemas, es también un hombre de un humor e ironía notables, aunque algo hay en el libro que comentamos, ¿por qué no los aplicó más en sus estudios bellistas? Me inclino a creer, de nuevo lo digo, que el “Bello estatua lo impresionó”. Pero… nadie es estatua; o, si se quiere, tantas se han erigido para después derribarse… lo que, es cierto, sin embargo, difícilmente suceda con Bello.

Lo mismo cabe decir en relación al Bello íntimo. El Bello histórico es fundamentalmente un “hombre público”, tan público que incluso algunos rasgos de sus vida privada, que se conocían, se solían comentar desde una perspectiva pedagógica o erudita. Iván Jaksic toca aspectos de la vida privada de Bello, pero, una vez más, tímidamente los que podrían no serle favorables. Su condición de mujeriego, por ejemplo, y su (legendaria es cierto) numerosa prole ilegítima. Distinto es el caso de otros, poco conocidos y de distinta índole, que desarrolla con gran delicadeza y mayor extensión, como su rota y reanudada relación con su madre.

Cabe también referirse a los apéndices y otro material que el libro de Jaksic incluye: una lista de los hijos de los dos matrimonios de Bello; cartas diversas, listas de manuscritos y una buena bibliografía, aunque muy lejos de ser exhaustiva, lo que habría requerido un libro quizá tan largo como el que comentamos.

Para terminar, la biografía de Bello por Iván Jaksic, sin duda, dará que hablar, quizá no en el mundo de la intelectualidad norteamericana, donde los que conocen verdaderamente a Bello lo más probable es que no sean más que diez. Pero sí en Venezuela, Chile y otros países de la América hispana. Lo merece, ha pasado a ser “la” biografía de Andrés Bello y las de Amunátegui y los demás solo serán imprescindibles para los especialistas.

Pero ¿se acabó el Bello persona después de la biografía que comentamos? No, ciertamente.

Se puede y quizá se deba decir más sobre el Bello íntimo, el exiliado, en Inglaterra y en Chile, el temeroso frente a la autoridad, el pensador político, como ya argumentábamos largamente más atrás. Pero sin duda la obra que comentamos quedará como un hito de la historiografía chilena y posiblemente hispanoamericana.

CRISTIÁN GAZMURI