Marco Palacios (Coordinador): Las independencias hispanoamericanas. Interpretaciones 200 años después

Reseñado por Iván Jaksic

Historia 43:I, enero-junio 2010, 245-247

MARCO PALACIOS (COORDINADOR), Las independencias hispanoamericanas. Interpretaciones 200 años después. Bogotá, Editorial Norma, 2009, 414 páginas.

A partir del título de esta compilación es claro que esta comparte y enriquece lo que los especialistas comprenden desde hace algún un tiempo: no hay independencia hispanoamericana sino independencias, con el plural subrayado. No hay una ruta clara desde un afán de libertad contra la opresión colonial a la emancipación, sino que una crisis imperial que genera diferentes procesos locales, pero sobre todo una gigantesca fragmentación. No hay una especie de protonacionalismo o siquiera un ideal de nación que conduce a la creación de Estados modernos, sino un reagrupamiento en torno a pueblos y municipios para enfrentar la defensa de intereses locales. No hay, en definitiva, una independencia hispanoamericana, sino una multiplicidad de procesos dispares que generan nuevas dinámicas sociales y políticas. Solo lentamente se irán configurando aquellos mapas que hacen reconocibles a las naciones. Pero no sin guerras internas y externas, no sin disputas ideológicas en torno a la naturaleza de la organización nacional, no sin fuertes desajustes respecto del ámbito internacional en el que se insertan los nuevos Estados.

Como señala Marco Palacios en su ensayo introductorio, el propósito de esta compilación es dar una mirada nueva a las independencias desde la perspectiva del bicentenario, pero apartándose deliberadamente de un sesgo oficial o de buscar necesariamente balances positivos a partir de aquel proceso que se desató con la invasión napoleónica de España en 1808. Invita a dar nuevas miradas sobre la base de investigaciones independientes, pero al mismo tiempo logra que los autores se expresen con un lenguaje claro para acceder a un público amplio. Este es el gran logro de la compilación, lo que no quita que cada estudio tenga algo novedoso que aportar y mucha investigación para respaldarlo.

Anthony McFarlane abre la colección con una panorámica sobre la crisis imperial y las independencias. Como prácticamente todos los ensayos de esta obra, el autor incluye reflexiones historiográficas que lo distancian de las historias patrias del pasado, o de las más recientes en torno a una relación causal entre reformas borbónicas e independencia. Para McFarlane, es la crisis de 1808 la que transfiere la soberanía al “pueblo”, lo que “abrió el camino al gobierno constitucional en España y promovió movimientos autonomistas locales, y luego la independencia, en América” (p. 39). El autor cuestiona también la tesis a propósito de las revoluciones atlánticas, de las que Hispanoamérica sería supuestamente parte integral. McFarlane ve más bien “reacciones improvisadas” y caminos muy diferentes de los de las revoluciones en otras latitudes.

Los once capítulos siguientes examinan casos específicos en diferentes regiones, mientras que el final, de Leandro Prados de la Escosura, evalúa la evolución económica del continente, para sugerir que esta varía significativamente de lugar a lugar, contando en algunos casos con significativo crecimiento. Sugiere, en un plano metodológico, que parte del problema de ver a Hispanoamérica en términos de un marcado estancamiento, o incluso retroceso, tiene que ver con la naturaleza de las comparaciones, que por lo general se hacen con Estados Unidos, y como si los países hispanoamericanos constituyeran un todo. Pero, al contrario, “la independencia exacerbó las disparidades regionales. El modo en que se ganó la independencia y el grado de compromiso con el mercantilismo colonial condicionó el desempeño de las nuevas repúblicas” (p. 405).

El área que corresponde a México y América Central cuenta con tres capítulos, dos sobre el primero, de Roberto Breña y de Eric van Young, y uno sobre la segunda, de Jordana Dym. Breña resalta la importancia de la crisis imperial por sobre el tradicional énfasis en el resentimiento de los criollos hacia los españoles peninsulares. Autor de un conocido estudio sobre el liberalismo español, Breña examina las consecuencias inesperadas del liberalismo doceañista en México, en el sentido de que proporcionó los argumentos jurídicos y políticos para una eventual separación respecto de España. La soberanía popular pasó a ser un tema muy significativo, y el autor lo examina en estrecha sincronía con los eventos de la península, sin por ello desatender las peculiaridades del caso mexicano. En términos historiográficos, se aparta de quienes ven la independencia mexicana como un proceso, cuando él discierne dos: el que va desde 1810 hasta 1815 y el de 1820 a 1821, es decir, un período marcado por la insurgencia y otro en que se logra la independencia con distintos actores y propósitos. Van Young, por su parte, entra en el detalle de la insurgencia popular para demoler una serie de mitos. Con fuerte dominio empírico, que proviene en gran parte de su obra La otra rebelión, el autor demuestra que quienes participaban en ella eran en su mayoría indígenas (no mestizos, como se suponía), por lo general mayores (alrededor de treinta años) y solteros. Luego de un análisis elegante y sofisticado, Van Young concluye que “las evidencias indican que el sentimiento protonacionalista no hizo eco, o solo muy débilmente, en el pensamiento de los grupos populares, y que la mayoría de la gente humilde estaba más preocupada por la defensa de sus propias comunidades que por imaginar un orden civil más amplio” (p. 319). La violencia desatada durante la insurrección tenía mucho más que ver con antiguos agravios locales que con otras motivaciones o aspiraciones. La idea de independizarse de España casi no figuraba. Por el contrario el legitimismo monárquico abundaba en las clases populares. El ensayo de Jordana Dym sobre la independencia en la Capitanía General de Guatemala no puede mostrar un contraste mayor, en el sentido de que allí la independencia se consiguió sin guerras, y por vía de acuerdos entre las diferentes regiones, ya sea para unirse a México, o para crear su propia confederación. Como sugiere la autora, “entre 1821 y 1823, en actas y acuerdos y pactos, múltiples comunidades centroamericanas enfrentaron el proceso independentista con palabras en vez de armas” (p. 339). Cabe destacar la importancia de la Constitución de Cádiz, que generó dinámicas políticas tendientes a fortalecer las autonomías locales. La independencia, señala la autora, dependería de los acuerdos de los ayuntamientos.

La región del Caribe está representada por el ensayo de Christopher Schmidt-Nowara sobre Cuba y Puerto Rico. Dado que los criollos de estas islas se mantuvieron leales a la corona, el autor indaga sobre las raíces de esta fidelidad, que encuentra en la esclavitud y en el comercio de esclavos, en la medida en que era permitida o tolerada por España en circunstancias en que se hacía cada vez más difícil mantenerla por las presiones británicas. Debido a una serie de reformas, las islas experimentaron una prosperidad económica sin precedentes, que las hicieron aún más dependientes de la esclavitud. Los movimientos de independencia en otras partes del continente dieron una mayor capacidad de negociación a los comerciantes y hacendados caribeños para obtener franquicias por parte de la corona, la que así evitaba una expansión del conflicto. Los resultados fueron significativos, puesto que si bien Cuba producía unas trescientas o cuatrocientas toneladas de azúcar al año a principios del siglo XIX, para mediados producía entre dos mil y tres mil, claramente en la vanguardia de la producción mundial, crecimiento debido a la importación de ochocientos mil esclavos desde finales del siglo XVIII hasta la década de 1860. Pero aun siendo parte del Imperio, ni Cuba ni Puerto Rico lograron la representación a la que aspiraban, y que España solo había ofrecido en un contexto diferente, cuando la lucha antinapoleónica así lo requería. Así, se dio en el Caribe una combinación de legitimidad del régimen, gracias a la esclavitud, con autoritarismo, que al final solo postergó la independencia.

La región del virreinato de Nueva Granada está representada por tres ensayos: de Carole Leal Curiel y Fernando Falcón Veloz, sobre Venezuela, de Margarita Garrido, sobre Nueva Granada, y de Federica Morelli, sobre Ecuador. En el caso venezolano, tal como en el mexicano, los autores hablan no de uno, sino de tres procesos de independencia, desde los primeros intentos juntistas en 1808, pasando por la declaración de independencia en 1811, siguiendo con el triunfo sobre las armas españolas en 1821, hasta la disolución de la Gran Colombia en 1830. Es un proceso múltiple, en que los actores se debaten entre “la lealtad y la libertad” y que termina siendo un conflicto entre el centralismo y el federalismo, pero ya en un contexto republicano y no monárquico. El ensayo de Margarita Garrido sobre Nueva Granada muestra que la independencia tiene muchos ángulos, incluyendo aquel de la mutación del significado de los conceptos. La gran transición de lo colonial a lo nacional conlleva una serie de cambios semánticos, algunos de los cuales tienden a superponerse, como es el caso de “rey” y “constitución”, para enfatizar la misma fuente de poder. Con la crisis imperial “se hizo necesario inventar una nueva legitimidad y un lenguaje o un entendimiento compartido del orden. Se abrieron largos y profundos debates sobre el poder y la legitimidad, la forma de gobierno y la autoridad, las jurisdicciones y la representación, el lugar de la moral y la religión, la justicia y la clasificación social” (p. 93). En el caso de Ecuador, Federica Morelli sostiene que no puede hablarse de un plan de emancipación, sino que más bien “a lo largo de estos años, varios y distintos proyectos se entremezclaron; sin embargo, ninguno de ellos preveía la independencia de este conjunto político que será, a partir de 1830, el Ecuador” (p. 127). De particular importancia es el efecto de la Constitución de Cádiz, que en el caso de Ecuador impulsó la proliferación de ayuntamientos, nada menos que de 12 a 130 en el espacio de diez años (1812-1822), rompiendo, como sostiene la autora, “el dominio de las ciudades principales sobre los distritos rurales y provocando una verdadera revolución del poder local” (p. 140), lo que conlleva un proceso de inestabilidad, dado que no existe una centralización del poder. De hecho, “los ayuntamientos se convirtieron en órganos soberanos, que se contraponían tanto al Estado central como a los cabildos de las ciudades provinciales” (p. 145). De aquí la dispersión del poder y la fragmentación territorial. El nuevo Estado hubo de formarse a partir, no de un espacio político preexistente, sino de acuerdos entre diversos espacios territoriales.

El colapso del orden imperial en el antiguo virreinato del Perú es tratado por Carlos Contreras y María Luisa Soux. Los autores estudian Perú y Alto Perú en conjunto, buscando superar la historiografía que las divide a pesar de todo lo que comparten, empezando por la alta densidad de la población aborigen. De allí el énfasis de los autores en las rebeliones indígenas y en los temas de clase y etnia que marcan el proceso más allá de los intentos juntistas o las perspectivas criollas. En sintonía con los demás ensayos, los autores insisten en que la independencia en estas regiones tuvo poco de búsqueda planificada o aspiración interna, de modo que terminó ocurriendo por presiones externas, de ejércitos provenientes del norte y del sur.

La zona comprendida por el virreinato del Río de la Plata es discutida por Marcela Ternavasio. Como en los otros casos, se produce allí una rápida fragmentación, cuya parcial recomposición tomará cinco décadas antes de la formación de la República Argentina, cuando ya se dan por perdidos Alto Perú, Uruguay y Paraguay. Pero incluso dentro de lo que llegaría a ser la nación argentina, surgen una serie de nuevas provincias y nuevas ligas territoriales. Para hacer este trazado, la autora se refiere a tres “silencios”: el del primer congreso constituyente (1813) en que, aunque no se hace mención al rey cautivo, no se llega a declarar la independencia; el del 9 de julio de 1816, en donde se declara formalmente la independencia, pero con una rotunda imprecisión geográfica -Ternavasio usa la expresión “una independencia sin mapa” (p. 166)-, y el tercero, de la Constitución de 1819, en la que no se define la forma de gobierno ni como monárquica ni como republicana, y en donde se enfatiza con mayor fuerza la división de poderes (más y más entendido como equilibrio de poderes) de resonancia norteamericana. Es decir, no hay una gran gesta de independencia, sino que múltiples momentos de variada incertidumbre, producto de la crisis imperial, la que dejó “como legado el irresuelto problema de cómo gestionar el autogobierno por parte de cuerpos territoriales que, sin depender ya del monarca, pasaban ahora a estar sujetos a un poder que pretendía gobernar de manera centralizada en nombre de la soberanía popular” (p. 179). La unidad territorial y la forma de gobierno se conseguirían, pero a largo plazo y no sin tropiezos.

Pocas veces se habla del caso paraguayo, de modo que la inclusión de un capítulo sobre este país es un aporte, en este caso de Barbara Potthast, quien examina el surgimiento del Estado nacional bajo el liderazgo de José Gaspar Rodríguez de Francia. En particular, enfatiza el que la política de aislamiento ejercida por el Dr. Francia tenía sentido en un contexto de gran inestabilidad regional. Sin tomar partido y reconociendo las posturas historiográficas antagónicas respecto de las políticas de Francia, Potthast subraya el contexto en el que se inscriben. La franca eliminación de una élite comercial tenía por objeto reducir los riesgos de carácter internacional. “Sus rivales políticos”, asegura la autora, “provenían sobre todo de la elite comercial y terrateniente, muchos de ellos inmigrantes provenientes de España y Buenos Aires” (p. 193). Francia logró además reducir el poder de la Iglesia y afianzar su base política entre los campesinos y comerciantes (ambos pequeños y medianos) y los militares. Tanto a través del ejército como de la educación, Francia promovió la lealtad al Estado nacional, haciendo efectivo uso de los catecismos políticos. En suma, “el dictador conseguiría lo que más le interesaba: un Estado soberano e independiente y una sociedad ordenada aunque con pocas diferencias sociales y jerárquicas. Guiada por una mano dura pero benevolente por parte del ilustrado caray guazu Francia” (p. 202). Sin ignorar los abusos cometidos por su régimen, la autora invita a repensar el caso paraguayo en su contexto hispanoamericano de construcción del Estado y la nación.

Esta construcción no es de ninguna manera causa de celebración, y el ensayo d e Rafael Sagredo sobre Chile advierte sobre los peligros de una excesiva complacencia al celebrar los 200 años de vida independiente. No todos los horizontes abierto´s por la emancipación han sido explorados o promovidos, y, por el contrario, Sagre-do percibe un efecto de fosilización de los próceres y gestas del período, que dificultan el rescate de aquellos valores que hoy podrían expandir la democratización y la pertenencia a la nación. Su ensayo es al mismo tiempo un ensayo de historia intelectual, en la que se repasa la adopción de símbolos patrios como el himno nacional, el papel de la naturaleza, las concepciones del orden y la historiografía, en la que da un papel importante, si bien no totalmente positivo, a la obra histórica de Claudio Gay. “Junto con su eficacia como instrumento de construcción de la nación”, afirma el autor, “la historia también sirvió como medio para ponderar la actuación de las élites en la trayectoria nacional, como herramienta para difundir sus objetivos e intereses, como el orden y la estabilidad, y, en definitiva, como mecanismo de control político y social” (p. 237). Sagredo llama a que el festejo del bicentenario no sea “una celebración vacía y patriotera” y que sirva más bien para actualizar “los valores republicanos que se han materializado en luchas por la justicia y la democracia” (p. 238). La independencia abrió caminos que aún deben explorarse.

Todos los ensayos de esta colección tienen un aporte que hacer, ya sea en el ámbito de la historiografía, del conocimiento específico de las independencias o de los desafíos pendientes. En tanto compilación, su mayor valor reside en abordar llana y claramente un tema complejo, sin desmerecerlo.

Iván Jaksić
Universidad de Stanford